Luego el diablillo le enseñó al campesino cómo podía machacar el grano y destilar aguardiente de él; y el campesino preparó una bebida fuerte, y comenzó a beberla él mismo y a dársela a sus amigos.
De modo que el diablillo fue a ver al Diablo, su amo, y se jactó de haber compensado su fracaso. El Diablo dijo que iría a ver por sí mismo cómo estaba el asunto.
Llegó a la casa del campesino y vio que este había invitado a sus vecinos acomodados y les estaba convidando a beber.
Su mujer ofrecía la bebida a los invitados y, al pasar sirviéndola, tropezó contra la mesa y derramó un vaso lleno.
El campesino se enfadó y regañó a su mujer:
«¿Qué quieres decir con que no es nada, lagarta? ¿Te crees que es agua de zanja, coja de los demonios, para que tengas que ir derramando por el suelo un manjar tan bueno?»
El diablillo dio un codazo al Diablo, su amo: «Mira —dijo—, ese es el hombre que no escatimó su último mendrugo».
El campesino, que seguía despotricando contra su mujer, comenzó a servir la bebida él mismo. En ese momento entró sin ser invitado un pobre campesino que volvía del trabajo. Saludó a la concurrencia, se sentó y vio que estaban bebiendo.
Cansado del trabajo del día, sintió que a él también le apetecía un trago. Se quedó sentado un buen rato, y se le hacía la boca agua, pero el anfitrión, en vez de ofrecerle algo, se limitó a mascullar: «No puedo conseguir bebida para todo el que aparece».
Esto complació al Diablo; pero el diablillo rió entre dientes y dijo: «¡Espera un poco, aún hay más!».