El cosaco se apartó de repente del tarantás, se quitó la gorra, la arrojó con violencia al suelo, apartó a Trezórka de un puntapié y entró en la posada. Allí pidió vodka y bebió día y noche hasta gastarse todo el dinero que tenía, y también toda su ropa. Solo cuando volvió en sí en una zanja, durante la segunda noche, dejó de pensar en el problema torturador: ¿Había hecho bien en denunciar a las autoridades al marido de la polaca que iba dentro del baúl?
Migúrski fue juzgado por intento de fuga y condenado a pasar por baquetas a través de una fila de 1.000 hombres. Por intercesión de sus parientes y de Wanda (que tenía influyentes relaciones en Petersburgo), su sentencia fue conmutada por la de exilio de por vida a Siberia. Albina lo siguió. En cuanto a Nicolás I, se regocijaba de haber aplastado la hidra de la revolución —no solo en Polonia, sino en toda Europa— y se enorgullecía de haber beneficiado al pueblo ruso al mantener a Polonia bajo el dominio ruso. Y los hombres con uniformes bordados en oro y condecorados con estrellas lo aplaudieron tanto por esto, que él creía sinceramente que era un gran hombre y que su vida era una gran bendición para la humanidad, especialmente para el pueblo ruso, a cuya perversión y aturdimiento consagró inconscientemente todas sus fuerzas.