es necesario que ella, Stepanída, no esté allí. Hay que echarla, como dije, o destruirla para que no exista. Y la otra vida es esta: llevarla lejos de su marido, pagarle dinero, pasar por alto la vergüenza y el deshonor, y vivir con ella. Pero en ese caso es necesario que Liza no exista, ni Mimi (la nena). No, así no, la nena no importa, pero es necesario que Liza no esté, que se marche, que se entere, que me maldiga y se marche. ¡Que se entere de que la he cambiado por una campesina, de que soy un embaucador y un bribón! ¡No, eso es demasiado terrible! Es imposible. Pero podría suceder —siguió pensando—, podría suceder que Liza cayera enferma y muriera. Morir, y entonces todo iría a pedir de boca”.
¡Estupendo! ¡Oh, granuja! No, si alguien ha de morir, debe ser Stepanída. Si ella muriera, qué bien sería.
“Sí, así es como los hombres llegan a envenenar o matar a sus esposas o amantes. Toma un revólver y ve a llamarla, y en vez de abrazarla, dispárale en el pecho y acéras de una vez por todas.
“De verdad que es... un demonio. Simplemente un demonio. Se ha apoderado de mí en contra de mi propia voluntad.
—¿Matar? Sí. Solo hay dos salidas: matar a mi mujer o a ella. ¡Pues es imposible vivir así. Es imposible!
Debo meditar el asunto y mirar hacia adelante. Si las cosas siguen como están, ¿qué sucederá? Volveré a decirme que no lo deseo y que la echaré de mi lado, pero serán solo palabras; por la tarde estaré en su corral, ella lo sabrá y saldrá.
Y si la gente se entera y se lo dice a mi mujer, o si se lo digo yo mismo —pues no sé mentir—, no podré vivir así. ¡No puedo! La gente se enterará. Se enterarán todos: Parásha y el herrero. Bien, ¿es posible vivir así?