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nydus/Short FictionPublic
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XII

Desde aquel momento comenzó el grito que no cesó durante tres días, y que era tan espantoso que a través de dos puertas cerradas no se podía oír sin horror.

En el momento en que le respondió a su esposa comprendió que había caído, que no había retorno, que el fin había llegado, por completo el fin, mientras la duda seguía sin resolverse, seguía siendo duda.

«¡Uh! ¡Uh⁠—uh! ¡Uh!», gritaba con entonaciones variadas. Había empezado gritando: «¡No quiero!», y así había seguido gritando con el mismo sonido vocálico: ¡uh!

Todos aquellos tres días, durante los cuales el tiempo no existió para él, estuvo forcejeando en aquel saco negro en el que lo empujaba una fuerza invisible e irresistible.

Forcejeaba como forcejea el condenado a muerte en manos del verdugo, sabiendo que no puede salvarse. Y a cada momento sentía que, a pesar de todos sus esfuerzos por resistirse, se iba acercando más y más a aquello que le aterraba.

Sentía que su agonía se debía tanto a que lo empujaban hacia aquel agujero negro como, todavía más, a su incapacidad para introducirse por completo en él. Lo que le impedía entrar era la pretensión de que su vida había sido buena. Tal justificación de su vida lo retenía firmemente y no lo dejaba avanzar, y eso le causaba más agonía que todo lo demás.

De repente, una fuerza le golpeó en el pecho, en el costado, y le ahogó la respiración más que nunca; rodó hacia adelante dentro del agujero, y allí, al fondo, había una especie de luz.

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