Desde aquel momento comenzó el grito que no cesó durante tres días, y que era tan espantoso que a través de dos puertas cerradas no se podía oír sin horror.
En el momento en que le respondió a su esposa comprendió que había caído, que no había retorno, que el fin había llegado, por completo el fin, mientras la duda seguía sin resolverse, seguía siendo duda.
«¡Uh! ¡Uh—uh! ¡Uh!», gritaba con entonaciones variadas. Había empezado gritando: «¡No quiero!», y así había seguido gritando con el mismo sonido vocálico: ¡uh!
Todos aquellos tres días, durante los cuales el tiempo no existió para él, estuvo forcejeando en aquel saco negro en el que lo empujaba una fuerza invisible e irresistible.
Forcejeaba como forcejea el condenado a muerte en manos del verdugo, sabiendo que no puede salvarse. Y a cada momento sentía que, a pesar de todos sus esfuerzos por resistirse, se iba acercando más y más a aquello que le aterraba.
Sentía que su agonía se debía tanto a que lo empujaban hacia aquel agujero negro como, todavía más, a su incapacidad para introducirse por completo en él. Lo que le impedía entrar era la pretensión de que su vida había sido buena. Tal justificación de su vida lo retenía firmemente y no lo dejaba avanzar, y eso le causaba más agonía que todo lo demás.
De repente, una fuerza le golpeó en el pecho, en el costado, y le ahogó la respiración más que nunca; rodó hacia adelante dentro del agujero, y allí, al fondo, había una especie de luz.