Disfruté mucho de la representación del Fausto y, cuando terminó, mi acompañante propuso que fuéramos a cenar. Esto iba en contra de mis costumbres; pero justo en ese momento me acordé de las paredes de mi habitación y acepté.
Volvimos a casa pasada la una. Me tomé dos copas de vino—algo poco habitual en mí—, a pesar de lo cual me sentía bastante tranquilo.
Pero en el momento en que entramos en el pasillo con la lámpara baja iluminándolo, en el momento en que me vi rodeado por el peculiar olor del hotel, sentí un escalofrío de horror recorriendo mi espalda. Pero no había nada que hacer. Le di la mano a mi nuevo amigo y entré en mi habitación.
Tuve una noche espantosa —mucho peor que la noche de Arzamas—; y no fue sino hasta el amanecer, cuando el viejo de la habitación contigua volvió a toser, que me dormí, y aun entonces no en la cama, sino, tras meterme y salir de ella muchas veces, en el sofá.
Sufrí toda la noche de manera insoportable. Una vez más, mi alma y mi cuerpo se desgarraban en mi interior. Vinieron de nuevo los mismos pensamientos: “Estoy vivo, he vivido hasta ahora, tengo derecho a vivir; pero a mi alrededor hay muerte y destrucción. Entonces, ¿para qué vivir? ¿Por qué no morir? ¿Por qué no matarme ahora mismo? No; no podía. Tengo miedo. ¿Es mejor esperar a que la muerte llegue cuando le toque? No, eso es aún peor; y también le temo a eso. Entonces, debo vivir. ¿Pero para qué? ¿Para morir?”. No podía salir de ese círculo. Tomé un libro y comencé a leer. Por un momento me hizo olvidar mis pensamientos. Pero luego regresaron las mismas preguntas y el mismo horror. Me metí en la cama, me acosté y cerré los ojos. Eso empeoró el horror. Dios había creado las cosas tal como son. ¿Pero por qué? Dicen: “No preguntes; reza”.