El castrado ya no pudo soportar aquello, ya no pudo esquivar sus coces. Se detuvo en medio del campo: su rostro expresaba la repugnante y débil ira de la vejez desvalida, y además la desesperación.
Pachó las orejas y, de repente, ocurrió algo que hizo que todos los caballos enmudecieran de golpe. Una yegua muy vieja, Viazopúrikha, se acercó, olfateó al castrado y suspiró. El castrado también suspiró.