—No quiero oírlos ahora —respondí—. Sí quería escuchar la historia, pero me resultaba tan placentero quebrantar su flema—. No quiero jugar a la vida —dije—, sino vivirla, como hace usted mismo.
Su rostro, que reflejaba cada sentimiento con tanta rapidez y viveza, expresaba ahora dolor e intensa atención.
—Quiero compartir tu vida, para... —, pero no pude continuar; su rostro mostraba un profundo desconsuelo. Guardó silencio por un momento.
—Pero ¿qué parte de mi vida no compartes tú? —preguntó—; ¿es acaso porque soy yo, y no tú, quien tiene que lidiar con el inspector y con los peones borrachos?
—Eso no es lo único —dije.
—¡Por el amor de Dios, trata de comprenderme, querida! —clamó.
«Sé que la alteración es siempre dolorosa; lo he aprendido por la experiencia de la vida. Te amo, y no puedo menos que desear librarte de la alteración. Mi vida consiste en mi amor por ti; así que no deberías hacerme la vida imposible».
—Siempre tienes la razón —le dije sin mirarlo.
Me contrarió de nuevo su calma y su frialdad, mientras yo era consciente de mi molestia y de cierto sentimiento cercano al remordimiento.
—Másha, ¿qué te pasa? —preguntó—. La cuestión no es cuál de los dos tiene razón, en absoluto; sino más bien, ¿qué queja tienes contra ti? Tómate tu tiempo antes de responder y dime todo lo que tienes en la cabeza. Estás descontenta conmigo y, sin duda, tienes razón; pero déjame entender qué he hecho mal.