Akoulína ahogó las lágrimas y una expresión de ira le crispó los labios. Sintió que habría podido agarrar a «esa arpía, la mujer del carpintero, por su cabellera sarnosa». Pero cuando miró a sus hijos y pensó que se quedarían sin padre, y que ella misma, convertida en mujer de soldado, sería poco menos que viuda, se olvidó de la mujer del carpintero de lengua afilada, se ocultó el rostro entre las manos, se sentó en la cama y dejó caer la cabeza en las almohadas.
—¡Mamita, me aplasta! —balbució su hijita, tirando del mantón con el que estaba cubierta para sacarlo de debajo del codo de su madre.
“¡Si al menos se murieran todos ustedes! ¡Los he traído al mundo solo para que sufran!”, exclamó Akoulína, y sollozó ruidosamente, para alegría de la mujer del carpintero, que aún no había olvidado lo de la sosa.