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nydus/Short FictionPublic
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VIII

Los baskires se prepararon y partieron todos: unos montados a caballo y otros en carros. Pajóm iba en su propio carrito con su criado, y llevó una pala consigo. Cuando llegaron a la estepa, el arrebol de la mañana comenzaba a encenderse. Subieron a una pequeña colina (llamada shiján por los baskires) y, desmontando de sus carros y caballos, se reunieron en un solo lugar. El jefe se acercó a Pajóm y extendió el brazo hacia la llanura:

—Mira —dijoÉl—, todo esto, hasta donde te alcanza la vista, es nuestro. Puedes quedarte con la parte que quieras.

A Pahóm le brillaban los ojos: era todo tierra virgen, tan llana como la palma de la mano, tan negra como la semilla de una amapola, y en las hondonadas crecían distintos tipos de hierba hasta la altura del pecho.

El Jefe se quitó el gorro de piel de zorro, lo puso en el suelo y dijo:

“Esta será la señal. Empieza desde aquí, y regresa aquí de nuevo. Toda la tierra que rodees será tuya”.

Pahóm sacó su dinero y lo puso sobre la gorra. Luego se quitó el abrigo exterior, quedándose en chaleco. Se desató el cinturón y se lo apretó bien por debajo del estómago, se metió una bolsita de pan en el pecho de la casaca, y atándose un frasco de agua al cinturón, se subió las cañas de las botas, tomó la pala de su criado y se quedó listo para partir. Pensó durante unos momentos qué dirección le convendría tomar: todo era tentador en todas partes.

—No importa —concluyó—, marcharé hacia el sol naciente.

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