horror de lo que estaba sucediendo ante mis ojos aquella memorable y neblinosa mañana. Todas las cosas inconexas, incomprensibles y extrañas que había visto adquirieron de repente un significado sencillo, claro y terrible. Me avergonzó profundamente haberlo contemplado como a un espectáculo interesante. Me detuve, consciente de haber obrado mal, y di media vuelta para irme a casa.
Y pensar que estas cosas se están haciendo en este preciso momento a decenas de miles de hombres en toda Rusia, y se han hecho, y se seguirán haciendo durante mucho tiempo al manso, sabio y santo pueblo ruso, ¡al que tan cruel y traicioneramente se engaña!