Así que los viejos se prepararon. Su gente les horneó tortas, les hizo alforjas y les cortó lino para las vendas de las piernas. Se calzaron zapatos nuevos de cuero y llevaron consigo zapatos de repuesto de corteza trenzada. Sus familias los acompañaron hasta el final de la aldea y allí se despidieron de ellos, y los viejos emprendieron su peregrinación.
Elisha salió de casa de muy buen humor y, en cuanto estuvo fuera de la aldea, se olvidó de todos sus asuntos domésticos. Su único desvelo era cómo complacer a su compañero, cómo evitar dirigir una palabra grosera a nadie, cómo llegar a su destino y regresar a casa en paz y armonía.
Mientras caminaba por el camino, Elisha iba murmurando alguna oración para sí o repasaba en su memoria aquellas vidas de santos que era capaz de recordar. Cuando se cruzaba con alguien en el camino, o se hospedaba en alguna parte a pasar la noche, intentaba portarse con la mayor suavidad posible y decir una palabra piadosa.
Así prosiguió su viaje, regocijado. Una sola cosa no pudo hacer: no pudo dejar de tomar rapé. Aunque se había dejado la tabaquera atrás, la añoraba. Entonces, un hombre que se encontró en el camino le dio un poco de rapé; y de vez en cuando se quedaba rezagado (para no hacer caer a su compañero en la tentación) y se tomaba un pellizco de rapé.
Efím también caminaba bien y con paso firme; sin cometer faltas ni pronunciar palabras vanas, pero su corazón no estaba tan ligero. Las preocupaciones del hogar pesaban en su mente. No dejaba de inquietarse por lo que estuviera pasando en casa.
¿No se habría olvidado de darle al hijo tal o cual orden? ¿Haría el hijo las cosas como es debido?
Si le ocurría ver que plantaban patatas o acarreaban abono mientras iba por el camino, se preguntaba si su hijo estaría haciendo lo que le habían mandado. Y casi le daban ganas de dar la vuelta y enseñarle cómo hacer las cosas, o incluso hacerlas él mismo.