por una respuesta. Los ojos de todos los niños, incluso los de Nicky, estaban fijos en mí, como en algún ser de cuento de hadas capaz de hacer cualquier cosa por ellos.
Antes de haber llegado al trineo, tras salir de la casa, me encontré con un viejo. Hizo una reverencia y enseguida se puso a hablar de estos mismos huérfanos.
—¡Qué miseria! —dijo—; da lástima verlos. Y la hijita mayor, ¡cómo los cuida!, ¡igual que una madre! ¡Es maravilloso cómo la ayuda el Señor! ¡Menos mal que los vecinos no los abandonan, porque si no se morirían de hambre, los pobrecitos!… Es el tipo de gente a la que hace bien ayudar —añadió, aconsejándome claramente que lo hiciera.
Me despedí del anciano, de la tía y de la niña, y me fui en coche con el médico a ver a la mujer que había estado a verme aquella mañana.
En la primera casa a la que llegamos, pregunté dónde vivía. Dio la casualidad de que era la casa de una viuda a quien conozco muy bien; vive de la limosna que pide, y tiene una manera particularmente importuna y pertinaz de extorsionarlas.
Como de costumbre, enseguida se puso a mendigar. Dijo que justo en ese momento tenía una necesidad especial de ayuda para poder criar un ternero.
“Nos está comiendo la casa y la hacienda a la vieja y a mí. Pasa a verla”.
“¿Y cómo está la anciana?”
“¿Y la anciana? … Ahí sigue resistiendo …”
Prometí ir a ver, no tanto al ternero como a la anciana, y volví a preguntar dónde vivía la mujer del soldado. La viuda señaló la segunda choza más allá y se apresuró a añadir que sin duda eran pobres, ¡pero que su cuñado «sí que bebe muchísimo!».