En la tarde en que la Asamblea de la aldea, en la fría oscuridad de una noche de octubre, elegía a los reclutas y vociferaba frente a la oficina, Polikéi estaba sentado en la orilla de su cama, machacando sobre la mesa unos polvos para caballos con una botella; pero qué era aquello, ni él mismo lo sabía. Tenía allí sublimado de mercurio, azufre, sales de Glauber y una especie de hierba que había recolectado, habiendo imaginado una vez que era buena para el asma de los caballos, y que ahora consideraba no inútil para otras dolencias. Los niños ya se habían acostado —dos en el horno, dos en la cama y uno en la cuna junto a la cual Akulina hilaba—. El cabo de una vela —una de las velas de la propietaria que no se había guardado con suficiente cuidado— ardía en un candelero de madera en el alféizar de la ventana, y Akulina se levantaba de vez en cuando para despabilarlas con los dedos, a fin de que su esposo no tuviera que interrumpir su importante ocupación. Había librepensadores que consideraban a Polikéi un herrador inútil y un hombre despreciable. Otros, la mayoría, lo consideraban un mal hombre, pero un gran maestro en su arte; pero Akulina, aunque a menudo regañaba y hasta golpeaba a su esposo, lo creía el primero entre los herradores y el primero entre los hombres. Polikéi esparció una especie de específico en la palma de su mano (nunca usaba balanza y hablaba con ironía de los alemanes que usan balanzas: “Esto no es una farmacia”, solía decir). Polikéi sopesó el específico en la mano y lo sacudió hacia arriba, pero parecía que no era suficiente, y echó diez veces más. —Lo echaré todo —se dijo a sí mismo—. Así los levantará mejor.
Akoulína se volvió rápidamente al oír la voz del autócrata, esperando alguna orden; pero, al ver que el asunto no le concernía, se encogió de hombros.