conocía la gente, más lo quería. Su madre siempre lo había amado más que a nadie, y ahora, tras la muerte de su esposo, concentró en él no solo todo su afecto, sino toda su vida. Y no era solo su madre quien tanto lo amaba. Todos sus compañeros del instituto y de la universidad no solo lo querían muchísimo, sino que lo respetaban. Causaba este efecto en todos los que lo conocían. Era imposible no creer lo que decía, imposible sospechar engaño o falsedad alguna en alguien que tenía un rostro tan abierto y honesto y, sobre todo, unos ojos así.
En general, su personalidad le ayudaba mucho en sus asuntos.
Un acreedor que se lo habría negado a cualquier otro, confiaba en él. El dependiente, el anciano de la aldea o un campesino, que le habrían jugado una mala pasada y estafado a otro, se olvidaban de engañar bajo la agradable impresión del trato con este hombre bondadoso, afable y, sobre todo, sincero.