sus aguas sucias, se detenía en el camino; y el muzhik, que traía su leña, abría los ojos de par en par. Íbamos y veníamos, deteniéndonos de vez en cuando. Salen los lacayos, se acercan los cocheros. Hay conversación constante. Siempre nos hacen esperar. A veces nos tenían tres horas a la puerta; de vez en cuando dábamos una vuelta, charlábamos un rato y volvíamos a parar.
Por fin se armaba un tumulto en el vestíbulo; el canoso Tijon, de prominente panza, sale con su frac.
«¡Adelante!»; entonces no se usaban esas palabras superfluas que se estilan ahora.
Feofán hace chasquear la lengua como si yo no supiera lo que significaba «adelante»; se acerca a la puerta y se marcha con rapidez, con indiferencia, como si no hubiera nada extraordinario ni en el trineo, ni en los caballos, ni en el propio Feofán, que arquea la espalda y extiende las manos de tal modo que parecería imposible aguantar así mucho tiempo.
—El príncipe sale con su chacó y su capa, con un cuello de castor gris que oculta su hermoso, rojizo y cejinegro rostro, el cual jamás debería ir cubierto. Saldría con el sable tintineante, las espuelas sonoras y las botas de tacón de cobre; cruzando la alfombra como si tuviera prisa, y sin prestarme atención ni a mí ni a Feofán, a quien todos, excepto él, miraban y admiraban.
«Feofán chasquea la lengua. Tiro de las riendas y, con un trote vivo y respetuoso, nos ponemos en marcha. Vuelvo la cabeza hacia el príncipe, sacudo mi aristocrática cabeza y mi delicado tupé. El príncipe está de buen humor; a veces bromea con Feofán. Feofán responde, volviéndose a medias hacia el príncipe con su apuesto rostro y, sin bajar las manos, hace algún movimiento ridículo con las riendas que yo comprendo; y ¡adelante, adelante, adelante, con zancadas cada vez más