Kornéy Vasílyef tenía cincuenta y cuatro años cuando había visitado su aldea por última vez. No se veía canas en su espeso cabello rizado, y su barba negra apenas empezaba a entretejerse de gris en los pómulos. Su rostro era terso y sonrosado, la nuca ancha y firme, y todo su cuerpo fuerte estaba acolchado de grasa como resultado de la vida urbana y la buena mesa.
Había terminado el servicio militar hacía veinte años, y había regresado al pueblo con un poco de dinero. Primero empezó a comerciar en una tienda, y luego se dedicó al negocio del ganado. Iba a Cherkasi, en la provincia de Kiev, por su «mercancía»—es decir, ganado—, y lo arriaba hasta Moscú.
En su casa de ladrillo con tejado de hierro de la aldea de Gáyi vivían su anciana madre, su esposa y dos hijos (una niña y un varón), así como su sobrino huérfano —un muchacho mudo de quince años— y un peón.
Kornéy se había casado dos veces. Su primera esposa fue una mujer débil y enfermiza que murió sin tener hijos; y él, un viudo de mediana edad, se había casado con una muchacha fuerte y hermosa, hija de una viuda pobre de un pueblo vecino. Sus hijos fueron de esta segunda esposa.
Kornéy había vendido su última partida de ganado en Moscú con tanta ganancia que tenía unos tres mil rublos; y habiendo sabido por un paisano que cerca de su aldea se vendía a buen precio el bosque de un terrateniente arruinado, pensó en dedicarse también al comercio de madera. Conocía el negocio, pues antes de servir en el ejército había sido ayudante de un comerciante de madera y había administrado un bosque.
En la estación de ferrocarril más cercana a Gáyi, Kornéy se encontró con un paisano, «Kouzmá el Tuerto».