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nydus/Short FictionPublic
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III

hacerla parecer ridícula, le conferían un aspecto distinguée. Para esto las mujeres poseen un sexto sentido y una perspicacia especiales, que no se pueden comparar con nada.

Sónya, por su parte, iba tan arreglada que, aunque iba dos años desfasada en la moda, no se le podía reprochar nada. En la madre todo era oscuro y sencillo, y en la hija, brillante y alegre.

Serézha acababa de despertar, y así fueron solos a misa. El padre y la madre se sentaron en el asiento trasero, y su hija iba enfrente de ellos. Vasíli subió al pescante, y el carruaje de alquiler los llevó al Kremlin.

Cuando bajaron del carruaje, las señoras se acomodaron los vestidos, y Piotr Ivánovich tomó del brazo a su Natália Nikoláevna y, echando la cabeza hacia atrás, caminó hacia la puerta de la iglesia. Mucha gente, comerciantes, oficiales y todos los demás, no alcanzaban a comprender qué clase de gente eran.

¿Quién era aquel viejo de rostro viejo, tostado por el sol y aún no blanqueado, con las grandes y rectas arrugas de trabajo de un pliegue peculiar, diferente de las arrugas adquiridas en el club inglés, de cabellos y barba blancos como la nieve, de mirada bondadosa y orgullosa y movimientos enérgicos? ¿Quién era aquella alta señora de andar decidido y ojos cansados, apagados, grandes y hermosos? ¿Quién era aquella joven fresca, imponente y fuerte, ni a la moda ni tímida? ¿Comerciantes? No, comerciantes no. ¿Alemanes? No, alemanes no. ¿Gente distinguida? No, son diferentes; son personas sobresalientes. Eso pensaban quienes los veían en la iglesia y, por alguna razón, les cedían el paso de buena gana y con más presteza que a los hombres de gruesas

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