Era una sola cosa: un pequeño fallo en el apéndice intestinal. Todo podía arreglarse. Bastaba con fortalecer un órgano perezoso y disminuir la actividad indebida de otro, y se produciría la absorción, y todo se restablecería. Llegó un poco tarde a cenar. Cenó, conversó alegremente, pero pasó mucho tiempo antes de poder ir a su propio cuarto a trabajar. Por fin fue a su estudio y se sentó enseguida a trabajar. Leyó sus documentos legales y cumplió con su labor, pero jamás lo abandonó la conciencia de tener muy cerca del corazón un asunto de importancia que había postergado, pero que examinaría más tarde. Cuando terminó su trabajo, recordó que el asunto cercano a su corazón era pensar en el apéndice intestinal. Pero no se entregó a ello; fue al salón a tomar el té. Había visitas; y se hablaba, se tocaba el piano y se cantaba; estaba el joven juez de instrucción, el partido codiciable para su hija. Iván Ilich pasó la velada, como observó Praskovía Fiódorovna, de mejor humor que cualquiera de ellos; pero ni por un instante olvidó que tenía pendiente para más tarde el importante asunto del apéndice intestinal. A las once dio las buenas noches y se fue a su cuarto. Desde que enfermó, dormía solo en una pequeña habitación contigua a su estudio. Entró, se desvistió y tomó una novela de Zola, pero no la leyó; se puso a pensar. Y en su imaginación se había producido la deseada recuperación del apéndice intestinal. Había tenido lugar la absorción, la expulsión, el restablecimiento del funcionamiento regular.
—Vaya, si es simplemente eso —se dijo—. Uno solo quiere ayudar a la naturaleza. Recordó la medicina, se levantó, se la tomó, se acostó boca arriba y se quedó esperando a que la medicina obrara de manera beneficiosa y venciera el dolor—. Es cuestión de tomarla con regularidad y evitar las influencias dañinas; vaya, si ya me siento bastante mejor, mucho mejor. Empezó a palparse el costado; al tacto no le dolía—. Sí, ya no lo siento; de verdad, mucho mejor ya.