Después de llevar la caballada a la vera del río, cerca del cual debían pacer los caballos, Nester desmontó y le quitó la silla.
Entre tanto, la manada comenzó a dispersarse lentamente por el campo aún virgen, cubierto de rocío y de vapores que se elevaban por igual de la húmeda pradera y del río que la rodeaba.
Quitándole la manta al caballo pinto, Nester le rascó el cuello; y el caballo, en respuesta, expresó su felicidad y satisfacción cerrando los ojos.
—Al viejo perro le gusta —dijo Nester.
Al caballo castrado no le hacía ninguna gracia aquella caricia, y solo por delicadeza dio a entender que le resultaba agradable. Sacudió la cabeza en señal de asentimiento. Pero de pronto, de forma inesperada y sin motivo alguno, Nester, imaginando tal vez que una familiaridad excesiva pudiera darle al caballo falsas ideas sobre sus intenciones—Nester, sin previo aviso, apartó la cabeza del animal y, alzando la brida, le dio un golpe muy fuerte con la hebilla en la pata pelada y, sin decir nada, subió al montecillo hasta llegar a un tocón, cerca del cual se sentó como si no hubiera pasado nada.
Aunque este proceder indignó al caballo, no lo manifestó; y agitando pausadamente su delgada cola, y olfateando algo, y mordisqueando la hierba por mera diversión, se dirigió hacia el río con paso tranquilo.
Sin prestar la menor atención a las travesuras que a su alrededor hacían las potrancas, los potros y los añojos, y sabiendo que la salud de todos, y en especial la de alguien que había alcanzado sus años, se veía favorecida por beber un buen trago de agua con el estomago vacío y luego comer,