(Serézha paseaba de un lado a otro por la habitación, pensando en cómo le encargarían la ropa al día siguiente y preguntándose si le convenía más ir al sastre o mandar a buscarlo; la conversación de Sónya con su padre no le interesaba.) Sónya echó a
—¿Qué pasa? ¿Qué? —preguntó su padre.
—Eres más joven que nosotros, papá. Mucho más joven, en realidad —dijo, volviendo a estallar en una carcajada.
«¡En efecto!», dijo el viejo, y sus austeras arrugas se convirtieron en una sonrisa apacible y, a la vez, despectiva.
Natálya Nikoláevna se inclinó apartándose del samovár, que le impedía ver a su marido.
—Sónya tiene razón. Todavía tienes dieciséis años, Pierre. Serézha es más joven en sentimientos, pero tú eres más joven de alma. Puedo prever lo que él hará, pero tú todavía me vas a sorprender.
Ya fuere que reconociera lo justificado de esta observación, o que se sintiera halagado por ella, no supo qué responder y se limitó a fumar en silencio, beber su té y brillar con los ojos.
Pero Serézha, con el egoísmo característico de la juventud, interesado en lo que se decía sobre él, intervino en la conversación y afirmó que él era verdaderamente viejo, que su llegada a Moscú y la nueva vida que se abría ante él no lo alegraban en lo más mínimo, y que reflexionaba con calma sobre el futuro y lo aguardaba con expectación.
—Aun así, es la última tarde —repitió Piotr Ivánovich—. Mañana ya no lo será.