—¡Oh, Pan! Aquí hay unas señoras que preguntan por ti —dijo—. Deben de ser de tus tierras... me parece que son polacas.
Si alguien le hubiera preguntado a Migurski si creía posible que Albina fuera a verlo, habría respondido que era algo totalmente descartado; sin embargo, en el fondo de su corazón la esperaba.
La sangre le dio un vuelco en ese momento, y corrió sin aliento al vestíbulo. Allí, una mujer gorda y picada de viruela se quitaba un chal de la cabeza. Otra mujer entraba por la puerta de las habitaciones del teniente coronel. Al oír pasos a sus espaldas, se dio la vuelta.
Desde debajo de la capucha, unos ojos muy separados y llenos de la alegría de vivir brillaban bajo sus pestañas congeladas: los ojos de Albina.
Él estaba estupefacto, y no sabía cómo darle la bienvenida, ni cómo saludarla.
—¡Josy! —exclamó, dándole el nombre con el que su padre lo llamaba, y con el que ella misma pensaba en él—, y le echó los brazos al cuello, apretando su rostro frío y enrojecido contra el de él, y empezó a reír y a llorar.
Habiendo oído quién era Albína y a qué había venido, la bondadosa esposa del teniente coronel la recibió en su casa y la retuvo allí hasta la boda.