—Pensé que me traerías a un hombre en lugar de Simeón —dijo, mirando de arriba a abajo a Aliosha—; ¡y me traes a este! ¿De qué sirve?
«Él lo puede hacer todo; cuidar caballos y conducir. Es un buen trabajador. Parece un poco delgado, pero es bastante duro. Y tiene mucha buena voluntad».
—Tiene aspecto de serlo. Muy bien; veremos qué podemos hacer con él.
Así que Aliosha se quedó en casa del mercader.
La familia no era numerosa. Se componía de la esposa del comerciante:
- su anciana madre:
- un hijo casado de escasa instrucción que trabajaba en el negocio de su padre:
- otro hijo, un letrado que había terminado la escuela e ingresado en la Universidad, pero que, habiendo sido expulsado, vivía en su casa:
- y una hija que todavía iba a la escuela.
Al principio no simpatizaron con Aliosha. Era grosero, mal vestido y no tenía modales, pero pronto se acostumbraron a él. Aliosha trabajaba incluso mejor que su hermano; la verdad es que era muy dispuesto. Lo mandaban a toda clase de recados, pero él lo hacía todo con rapidez y buena voluntad, pasando de una tarea a otra sin detenerse. Y así aquí, exactamente igual que en casa, todo el trabajo cayó sobre sus espaldas. Cuanto más hacía, más le mandaban hacer. Su ama, la anciana madre de esta, el hijo, la hija, el dependiente y la cocinera: todos lo traían de un ala y lo mandaban de un lado para otro.
«¡Aliosha, haz esto! ¡Aliosha, haz aquello! ¡Cómo! ¿Te has olvidado, Aliosha? ¡Cuidado con que no se te olvide, Aliosha!», se escuchaba desde la mañana hasta la noche. Y Aliosha corría aquí, atendía esto y aquello, no olvidaba nada, encontraba tiempo para todo y siempre estaba alegre.