dispuesto a hacerlo, sino de acuerdo con lo que se esperaba que dijera. Por fin la tediosa cena terminó y
El joven zar suspiró aliviado, se estiró y se retiró a sus habitaciones para quitarse el uniforme con las condecoraciones y ponerse la chaqueta que solía usar antes de su acceso al trono. Su joven esposa también se había retirado para quitarse el vestido de gala, comentando que se le uniría en breve.
Cuando hubo pasado la fila de lacayos que permanecían erguidos ante él y llegó a su habitación; cuando se hubo quitado el pesado uniforme para ponerse la chaqueta, el joven zar se sintió feliz de estar libre de trabajo; y su corazón se llenó de una tierna emoción que brotaba de la consciencia de su libertad, de su alegre y robusta vida juvenil, y de su amor. Se arrojó sobre el sofá, estiró las piernas en él, apoyó la cabeza en la mano, fijó la mirada en la opaca pantalla de cristal de la lámpara, y entonces una sensación que no había experimentado desde su infancia —el placer de irse a dormir y una somnolencia irresistible— se apoderó de repente de él.