Después de haberse deshecho del cupón, Eugenio Mijáilovich se olvidó por completo de él; pero su esposa, María Vasílievna, no podía perdonarse a sí misma haber sido engañada, ni tampoco a su marido por sus crueles palabras.
Y sobre todo estaba furiosa con los dos muchachos que la habían timado con tanta habilidad. Desde el día en que había aceptado el cupón falso como pago, se fijaba atentamente en todos los escolares con los que se cruzaba por las calles.
Un día se encontró con Majin, pero no lo reconoció, ya que al verla él hizo una mueca que le cambió por completo las facciones. Pero cuando, quince días después del incidente del cupón, se encontró cara a cara con Mitia Smokóvnikov, lo reconoció al instante.
Ella lo dejó pasar, luego dio media vuelta y lo siguió, y al llegar a su casa preguntó de quién era hijo.
Al día siguiente fue a la escuela y se encontró en el vestíbulo con el profesor de religión, el sacerdote Mijaíl Vedenski. Este le preguntó qué deseaba. Ella le respondió que quería ver al director de la escuela.
«No se encuentra muy bien —dijo el sacerdote—. ¿Puedo serle de alguna utilidad o transmitirle su recado?»
María Vasílievna pensó que bien podía contarle al sacerdote cuál era el problema. Mijaíl Vedenski era viudo y un hombre muy ambicioso. Un año antes se había encontrado en sociedad con el padre de Mitia Smokóvnikov, y había sostenido con él una discusión sobre religión. Smokóvnikov lo había derrotado de manera categórica en todos los puntos; es más, lo había hecho quedar bastante en ridículo. Desde