Al mismo tiempo, en la celda donde el anciano enfermo yacía en completa oscuridad, a excepción de una lámpara humeante, entre los sonidos adormecidos de la noche —respiración, gemidos, ronquidos, tos—, estaba ocurriendo el mayor de los acontecimientos de la vida. El viejo sectario se estaba muriendo; y a su visión espiritual se le reveló todo lo que tanto había deseado durante toda su vida. En medio de una luz deslumbrante vio al Cordero en la forma de un joven radiante, y a una gran multitud de personas de todas las naciones de pie ante él, vestidas de blanco; y todos se alegraban de que ya no hubiera maldad en la tierra. Todo esto estaba sucediendo en su propia alma y en todo el mundo, como el anciano sabía, y se llenó de una gran alegría y paz.
Pero los demás en la celda no sabían nada de aquello, y solo oyeron el estertor de muerte en la garganta del anciano; y su vecino se despertó y despertó a los demás, y cuando el estertor cesó y el cuerpo del viejo se enfría, sus compañeros de infortunio golpearon la puerta.
El vigilante entró, y diez minutos más tarde dos convictos sacaron el cuerpo sin vida de la celda y lo llevaron a la morgue. El vigilante salió tras ellos y cerró la puerta exterior con llave. El corredor se quedó vacío.
“¡Cierren, cierren!”, pensó Mezhenétsky, quien desde su puerta había seguido todo lo que ocurría. “¡No me impedirán escapar de todas estas horribles atrocidades!”.
Mezhenétsky ya no sentía el terror interior que hasta entonces lo había oprimido; estaba absorto en un solo pensamiento: el miedo a que le impidieran llevar a cabo su propósito.
Con el corazón latiendo salió, y llegando a los leños, deshizo la cuerda que los ataba y la retiró de debajo del fardo; luego, mirando hacia la puerta exterior, se llevó la cuerda a su celda. Allí se subió al taburete, tiró la cuerda por encima del ventilador y, habiendo atado los extremos, hizo un lazo con la cuerda doble. Colgaba