Ahora el viejo Diablo estaba irritado de que los hermanos no se hubieran peleado por el reparto, sino que se hubieran separado pacíficamente; y convocó a tres diablillos.
—Mirad aquí —dijo—, hay tres hermanos: Simón el Soldado, Tarás el Forzudo e Iván el Tonto. Tenían que estar peleados, pero viven en paz y se ven amistosamente. El tonto de Iván me ha arruinado todo el negocio. ¡Ahora id los tres y encargaos de esos tres hermanos, y molestadlos hasta que se saquen los ojos los unos a los otros! ¿Creéis que podéis hacerlo?
—Sí, lo haremos —dijeron ellos.
—¿Cómo vas a proceder?
—Pues —dijeron—, primero los arruinaremos. Y cuando no tengan ni una corteza de pan que llevarse a la boca, los ataremos juntos, ¡y entonces se pelearán entre ellos, seguro!
—¡Excelente; ya veo que entiendes tu oficio! Vete, y no vuelvas hasta que los hayas hecho greña, ¡o te desuello vivo!
Los diablillos se fueron a un pantano y comenzaron a cavilar sobre cómo debían ponerse a trabajar. Discutieron y discutieron, pues cada uno quería la tarea más ligera; pero al final decidieron echar suertes para ver a qué hermano le tocaría lidiar con cada diablillo. Si un diablillo terminaba su tarea antes que los demás, tenía que ir a ayudarlos.