Llamaron al General y le preguntaron: —¿No puedes encontrarnos a un soldado que le corte la cabeza al hombre? En la guerra no les importa matar gente. De hecho, para eso es para lo que los entrenan. Así que el General lo habló con los soldados para ver si alguno de ellos se hacía cargo del trabajo. Pero ninguno de los soldados quiso hacerlo. «No —dijeron—, no sabemos cómo hacerlo; no es algo que nos hayan enseñado».
¿Qué se iba a hacer? Una y otra vez los Ministros deliberaron y volvieron a deliberar. Convocaron una Comisión, y un Comité, y un Subcomité, y al fin decidieron que lo mejor sería cambiar la pena de muerte por una de prisión de vida. Esto le permitiría al Rey mostrar su clemencia, y saldría más barato.
El Rey accedió a esto, y así quedó arreglado el asunto. El único inconveniente ahora era que no había una prisión adecuada para un hombre condenado a cadena perpetua.
Había un calabozo pequeño donde a veces se retenía a la gente de forma temporal, pero no había ninguna prisión fuerte apta para un uso permanente. Sin embargo, se las arreglaron para encontrar un lugar que sirviera, metieron allí al joven y pusieron un guardia para que lo vigilara.
El guardia tenía que vigilar al criminal, y también ir a buscar su comida a la cocina de palacio.
El prisionero permaneció allí mes tras mes hasta que pasó un año. Pero cuando hubo pasado un año, el Reyezuelo, al revisar un día las cuentas de sus ingresos y gastos, advirtió una nueva partida de gastos. Esta era para el mantenimiento del criminal; y tampoco se trataba de una partida pequeña. Había una guardia especial, y también estaba la comida del hombre. Ascendía a más de 600 francos al año.