El hijo del mercader saltó y huyó. El bandido estaba a punto de seguir cabalgando, pero el ahijado lo detuvo de nuevo, y otra vez le habló acerca de abandonar su mala vida. El bandido lo escuchó hasta el final en silencio, y luego se alejó sin decir una palabra.
A la mañana siguiente el ahijado fue a regar sus tocones y, ¡he aquí que el segundo tocón estaba brotando! Un segundo manzanito había empezado a crecer.