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nydus/Short FictionPublic
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V

Del serrucho pasaron a un caballo robado, a una bolsa de avena, a un trozo de huerto, a un cadáver; y los dos campesinos se dijeron cosas tan terribles el uno al otro que, si la centésima parte de ellas hubiese sido cierta, habrían merecido por lo menos el destierro legal a Siberia.

Entre tanto, el viejo Doútlof había elegido otra manera de defenderse. No le gustaba que su hijo gritara, y trató de detenerlo, diciendo:

«Es un pecado.⁠ ⁠… ¡Deja ya eso, te lo digo!».

Al mismo tiempo, argumentaba que no solo eran familias de tres hombres aquellas que tenían tres jóvenes en casa, sino también aquellas cuyos hijos se habían separado de ellas.

Stárostin sonrió ligeramente, se aclaró la garganta y, acariciándose la barba con aires de hombre rico, respondió que todo dependía de la propietaria y que, evidentemente, sus hijos se lo habían ganado a pulso, ya que la orden era que quedaran exentos.

Gerásim respondió a los argumentos de Dútlof sobre las familias que se habían separado observando que no se les debría haber permitido separarse, tal como era la regla durante la vida del difunto amo; que no servía de nada llorar sobre la leche derramada; y que, al fin y al cabo, uno no podía reclutar al único hombre que quedaba en un hogar.

—¿Acaso rompieron sus hogares por diversión? ¿Por qué habrían de arruinarse por completo ahora? —, se oían las voces de aquellos hombres cuyas familias se habían separado; y los charlatanes también se sumaron.

“Más te vale comprar un sustituto, si no estás satisfecho. ¡Te lo puedes permitir!”, dijo Resoún a Doútlof.

Doútlof se envolvió en el abrigo con un gesto de desesperación y dio un paso atrás, detrás de los demás.

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