—Diles que iré, iré a la hora del almuerzo. Tengo que ir a Ugrumi.
Mitri regresó a la choza y, cambiándose las abarcas de corteza de abedul y las vendas de lino de las piernas, se puso en marcha para ver al terrateniente. Tras conseguir tres rublos de Volgin y la misma suma de Nikolái Petróvich, volvió a su casa, le dio el dinero a su mujer y fue a casa de su vecino.
La trilladora zumbaba y el mayoral gritaba. Los flacos caballos daban vueltas lentamente a su alrededor, tensando los arneses. El mayoral les gritaba monótono: «Venga, queridas».
Unas mujeres desataban gavillas, otras rastrillaban la paja y las espigas esparcidas, y otras más recogían grandes brazados de cereal y se los daban a los hombres para alimentar la máquina. El trabajo estaba en pleno apogeo.
En la huerta, por la que Mitri tenía que pasar, una muchacha, vestida tan solo con una camisa larga, cavaba patatas que iba metiendo en una cesta.
—¿Dónde está tu abuelo? —preguntó Mitri.
—Está en el granero.
Mitri fue al granero y se puso a trabajar de inmediato. El anciano de ochenta años conocía los problemas de Mitri. Tras saludarlo, le cedió su puesto para alimentar la máquina.
Mitri se quitó el abrigo gastado, lo dejó a un lado junto a la cerca y luego comenzó a trabajar con energía, rastrillando el maíz para juntarlo y echándolo en la máquina.