padre Sergio notó al punto que el abad era consciente de ello y que su rostro rojo y su cabeza calva irradiaban satisfacción y placer. Esto irritó y disgustó al padre Sergio, más aún cuando oyó que el abad solo lo había mandado llamar para satisfacer la curiosidad del general de ver a un hombre que anteriormente había servido con él, según se expresó.
—Muy complacido de verle en su guisa angélica —dijo el general, tendiéndole la mano—. Espero que no haya olvidado a un viejo camarada.
Todo aquello—la cara roja y sonriente del abad enmarcada por una cenefa gris, las palabras del general, su rostro bien cuidado con su sonrisa autosatisfecha y el olor a vino en su aliento y a cigarros en sus patillas—, revolvía el estómago al padre Sergio. Volvió a inclinarse ante el abad y dijo:
—¿Su reverencia se dignó mandarme llamar? —y se detuvo, con toda la expresión de su rostro y de sus ojos preguntando el porqué.
—Sí, para ver al General —respondió el Abad.
—Vuestra reverencia, abandoné el mundo para salvarme de la tentación —dijo el padre Sergio, poniéndose pálido y con los labios temblorosos—. ¿Por qué me expone a ella durante las oraciones y en la casa de Dios?
—¡Pueden retirarse! ¡Vayanse! —dijo el Abad, estallando en cólera y frunciendo el ceño.
Al día siguiente, el padre Sergio pidió perdón al abad y a los hermanos por su orgullo, pero al mismo tiempo, tras una noche de oración, decidió que debía abandonar aquel monasterio, y le escribió al starets rogándole permiso para volver con él. Le escribió que sentía su debilidad e incapacidad para luchar contra la tentación sin su ayuda y confesó arrepentido su pecado de soberbia.