Hizo lo que Agatha le sugirió. Al llegar a la casa de los Zinóvyef pidió permiso para pasar allí la noche. Lo dejaron entrar.
Al entrar en la choza, como de costumbre, se hizo la señal de la cruz ante el icono y saludó a los anfitriones.
—¡Estás helado, papito! ¡Súbete a la hornilla! —dijo la arrugada y alegre anciana ama de casa, mientras retiraba las cosas de la mesa.
El marido de Agatha, un campesino de aspecto joven, estaba sentado en un banco junto a la mesa, arreglando la lámpara.
—¡Qué mojado estás, papá! —dijo él—. Bueno, ¡no se puede evitar! ¡Date prisa y sécate!
Kornéi se quitó el abrigo, se descalzó, colgó las vendas de las piernas para que se secaran junto al horno y él mismo se subió encima.
Agatha entró en la choza, llevando un cántaro. Ya había llevado el rebaño a casa y se había ocupado del ganado.
—¿Ha estado aquí un viejo peregrino? —preguntó ella—. Me encontré con uno y le dije que pasara.
—Ahí está —dijo su marido, señalando el horno, sobre el cual estaba sentado Kornéy, frotándose las piernas flacas y velludas.
Cuando el té estuvo listo, le pidieron a Kornéi que se les uniera. Él bajó de un salto y se sentó en el extremo de un banco. Le dieron una taza de té y un terrón de azúcar.
La conversación giraba en torno al tiempo y a la cosecha.