“Cuanto más elevada sea la concepción que un hombre tiene de Dios, mejor le conocerá. Y cuanto mejor conozca a Dios, más se acercará a Él, imitando Su bondad, Su misericordia y Su amor por el hombre.
“Por tanto, que aquel que ve la luz entera del sol llenando el mundo, se abstenga de culpar o despreciar al supersticioso, que en su propio ídolo ve un rayo de esa misma luz. Que no desprecie siquiera al incrédulo, que está ciego y no puede ver el sol en absoluto”.
Así habló el chino, el discípulo de Confucio; y todos los presentes en el café guardaron silencio y no volvieron a discutir sobre cuya fe era la mejor.