Entonces comenzó su vida interior. Era una vida real y, a pesar del tormento que entrañaba, de habérsele dado la posibilidad, no habría retrocedido. Empezó a rezar, pero el rezo no le ofrecía ningún consuelo; y su sufrimiento era menor por ella misma que por su padre, cuyo dolor ella anticipaba y comprendía.
Así se arrastraron los meses, y entonces sucedió algo que transformó por completo su vida. Un día, cuando estaba trabajando en una colcha, experimentó de repente una extraña sensación. No—parecía imposible. Permaneció sentada, inmóvil, con la labor en las manos. ¿Era posible que esto fuera Ello? Olvidándolo todo, la bajeza y el engaño de él, la petulancia de su madre y la tristeza de su padre, sonrió. Se estremeció al recordar que estuvo a punto de matarlo, junto con ella misma.
Ella dirigía ahora todos sus pensamientos a marcharse—a algún lugar donde pudiera dar a luz a su hijo— y convertirse en una madre desgraciada y patética, pero madre al fin y al cabo. De algún modo lo planeó y organizó todo, dejando su hogar y estableciéndose en una lejana ciudad de provincia, donde nadie pudiera encontrarla, y donde creía que estaría lejos de los suyos. Pero, por desgracia, el hermano de su padre recibió un destino allí, algo que ella no podía prever en absoluto. Desde