“Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al mal.”
Era en la época de la servidumbre —muchos años antes de que Alejandro II emancipara a los sesenta millones de siervos en 1862—. En aquellos días el pueblo era gobernado por diferentes clases de señores. No eran pocos los que, acordándose de Dios, trataban a sus esclavos de manera humana, y no como bestias de carga, mientras que había otros de quienes rara vez se conocía un acto bondadoso o generoso; pero los más bárbaros y tiránicos de todos eran aquellos antiguos siervos que habían surgido de la inmundicia y se habían convertido en príncipes.
Fue esta última clase la que hacía que la vida fuera literalmente una carga para aquellos que tenían la desgracia de caer bajo su dominio. Muchos de ellos habían surgido de las filas del campesinado para convertirse en administradores de las fincas de los nobles.
Los campesinos estaban obligados a trabajar para su señor un cierto número de días cada semana.
Había tierra y agua en abundancia, y el suelo era rico y fértil, mientras que los prados y los bosques eran suficientes para abastecer las necesidades tanto de los campesinos como de su señor.
Había cierto noble que había elegido como administrador a un campesino de otra de sus posesiones. No bien se le hubo conferido el poder de gobernar a este recién hecho oficial, cuando comenzó a ejercer las más indignantes crueldades sobre los pobres siervos que habían sido puestos bajo su control.