¡Y qué a gusto me sentía en su compañía, una vez que hube comprendido esto con claridad! Mi timidez sin motivo y mis torpes movimientos desaparecieron por completo.
Ya me viera de frente o de perfil, sentada o de pie, con el pelo recogido o suelto, sentía que me conocía de los pies a la cabeza y, según imaginaba, estaba satisfecho de mí tal como era.
Si, en contra de su costumbre, me hubiera dicho de repente, como hacían los demás, que tenía una cara bonita, creo que no me habría gustado en absoluto.
Pero, por otra parte, ¡qué ligero y feliz era mi corazón cuando, después de haber dicho yo algo, me miraba fijamente y decía, ocultando la emoción bajo una máscara de burla:
“¡Sí, hay algo en ti! Eres una muchacha estupenda; eso debo decírtelo”.
¿Y por qué recibí tales recompensas, que llenaban mi corazón de orgullo y alegría?
Meramente por decir que me compadecía del viejo Grigóri en su amor por su nieta pequeña; o porque la lectura de algún poema o novela me conmovía hasta las lágrimas; o porque me gustaba más Mozart que Schulhof.
Y me sorprende mi propia agilidad para adivinar lo que era bueno y digno de ser amado, cuando ciertamente entonces no sabía qué era lo bueno y digno de ser amado.
La mayor parte de mis gustos y hábitos anteriores no le agradaban; y una sola mirada suya, o un tic de su ceja, bastaba para demostrar que no le gustaba lo que yo intentaba decir; y sentía de inmediato que mi propio criterio había cambiado.