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nydus/Short FictionPublic
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IV

Todos ven que sufre y le dicen: «Podemos parar si estás cansado. Vete a tumbar un rato».

¿Tumbarse? No, no está cansado en lo más mínimo; jugarán la partida decisiva. Todos están sombríos y callados.

Iván Ilich siente que es él quien ha traído esta sombría atmósfera y no puede disiparla. Cenan, la reunión se disuelve e Iván Ilich se queda solo con la conciencia de que su vida está envenenada para él y envenena la vida de los demás, y de que este veneno no pierde su fuerza, sino que penetra continua y cada vez más profundamente en toda su existencia.

Y con la conciencia de esto, y con el dolor físico además, y el terror además de aquello, tenía que yacer en su cama, a menudo incapaz de dormir por el dolor durante la mayor parte de la noche; y por la mañana tenía que levantarse otra vez, vestirse, ir al tribunal, hablar, escribir, o, si no salía, quedarse en casa durante las veinticuatro horas del día y de la noche, cada una de las cuales era una tortura.

Y tenía que vivir así, al borde del abismo, solo, sin un solo hombre que lo comprendiera y se compadeciera de él.

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