El picadero no era muy luminoso, y había olor a caballos, y se oía chasquear los látigos y llamar a los caballos, y a los caballos golpear con sus casco las paredes de madera. Al principio me asusté y no podía ver bien las cosas. Luego nuestro ayuda de cámara llamó al maestro de equitación y dijo:
“Denle a estos muchachos unos caballos: van a aprender a montar”.
El maestro dijo:
“¡De acuerdo!”
Luego me miró y dijo:
“Él es muy pequeño, todavía.”
Pero el ayuda de cámara dijo:
“Prometió no llorar cuando se caiga.”
El maestro se rio y se marchó.
Luego trajeron tres caballos ensillados, nos quitamos las capas y bajamos por una escalera hacia el picadero.
El maestro sujetaba un caballo por una cuerda, y mis hermanos cabalgaban a su alrededor. Al principio iban al paso, y más tarde al trote.
Luego trajeron un poni. Era un caballo alazán, y tenía el rabo cortado. Lo llamaban Colorado.
El maestro se rio y me dijo:
—¡Bien, joven caballero, suba a su caballo!
Estaba a la vez feliz y aterrorizado, y trataba de comportarme de tal manera que nadie me advirtiera. Durante mucho tiempo intenté meter el