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nydus/Short FictionPublic
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VI

deseos de quitarle la frazada al caballo y ponérsela a Nikíta, pero le daría mucho frío levantarse y moverse y, además, el caballo podría morir congelado. “¿Por qué lo habré traído conmigo? ¡Todo fue por su necedad!”, pensó, recordando a su no muy amada esposa, y volvió a acomodarse en su viejo lugar, en la parte delantera del trineo. “Mi tío pasó una vez toda una noche así”, reflexionó, “y no le pasó nada”. Pero enseguida acudió a su mente otro caso. “Sin embargo, cuando desenterraron a Sebastián estaba muerto, rígido como un cadáver congelado. ¡Si tan solo me hubiera quedado a pasar la noche en Gríshkino, nada de esto habría sucedido!”.

Y envolviéndose cuidadosamente el abrigo de modo que no se perdiera nada del calor de la piel, sino que lo calentara por todas partes, cuello, rodillas y pies, cerró los ojos y trató de dormir de nuevo.

Pero por mucho que lo intentaba no lograba adormecerse, al contrario, se sentía muy despierto y animado. De nuevo empezó a contar sus ganancias y las deudas que le debían, de nuevo comenzó a jactarse para sus adentros y a sentirse satisfecho consigo mismo y con su posición, pero todo esto se veía continuamente interrumpido por un miedo que se acercaba sigilosamente y por el desagradable remordimiento de no haberse quedado en Gríshkino.

“¡Qué diferente sería estar tumbado calentito en un banco!”

Se revolvió varias veces en su empeño por adoptar una postura más cómoda y resguardada del viento, se abrigó mejor las piernas, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Pero o bien las piernas, enfundadas en sus recias botas de fieltro, empezaban a dolerle de tenerlas dobladas en la misma postura, o bien el

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