muchísimo daño. Un hombre venía y probaba su suerte, luego arriesgaba todo lo que tenía y lo perdía, después incluso arriesgaba dinero que no le pertenecía y lo perdía también, y entonces, en la desesperación, se ahogaba o se pegaba un tiro. Así que los alemanes prohibieron a sus gobernantes ganar dinero de esta manera; pero no había nadie para detener al Rey de Mónaco, y él se quedó con el monopolio del negocio.
Así que ahora todos los que quieren apostar van a Mónaco. Ganen o pierdan, el rey sale ganando.
«No se pueden ganar palacios de piedra con el trabajo honrado», como dice el refrán; y el reyuelo de Mónaco sabe que es un negocio sucio, pero ¿qué va a hacer?
Tiene que vivir; y obtener ingresos del alcohol y del tabaco tampoco es cosa bonita. Así que vive y reina, recauda el dinero y celebra su corte con toda la pompa de un rey de verdad.
Tiene su coronación, sus audiencias matutinas; premia, sentencia y perdona, y también tiene sus revistas, consejos, leyes y tribunales de justicia: como los demás reyes, solo que todo a una escala menor.
Ahora bien, hace unos años sucedió que se cometió un asesinato en los dominios de este Rey de juguete. Las gente de aquel reino es pacífica, y algo así no había sucedido antes.
Los jueces se reunieron con mucha pompa y juzgaron el caso de la manera más judicial. Había jueces, fiscales, jurados y abogados defensores. Discutieron y juzgaron, y al fin condenaron al criminal a que le cortaran la cabeza como manda la ley.
Hasta ahí, todo bien. A continuación, sometieron la sentencia al Rey. El Rey leyó la sentencia y la confirmó. «Si al tipo hay que ejecutarlo, ejecútenlo».