Celebraban pequeñas reuniones en lugares secretos para lamentar su miseria y conferenciar unos con otros sobre cuál sería la mejor manera de actuar. De vez en cuando, el más audaz del grupo se levantaba y se dirigía a sus compañeros en estos términos: > «¿Cuánto tiempo más podremos tolerar que semejante villano gobierne sobre nosotros? Pongamos fin a esto de una vez, pues nos es mejor perecer que sufrir. Ciertamente no es un pecado matar a semejante demonio en forma
Ocurrió una vez, antes de las vacaciones de Pascua, que una de estas reuniones se celebró en el bosque, a donde Miguel había enviado a los siervos para que abrieran un claro para su amo. Al mediodía se reunieron para almorzar y celebrar una consulta. > «¿Por qué no podemos irnos ahora? —dijo uno—. Muy pronto seremos reducidos a la nada. Ya estamos casi trabajando hasta morir, sin descanso, ni de día ni de noche, ni para nosotros ni para nuestras pobres mujeres. Si algo se hace de un modo que no le agrade del todo, pondrá pegas y tal vez azote a alguno de hasta matarlo, como pasó con el pobre Simeón, a quien mató no hace mucho. Hace poco más que eso, Anisim fue torturado con grilletes hasta que murió. Desde luego, no podemos aguantar esto mucho más». > «Sí —dijo otro—, ¿de qué sirve esperar? Actuemos de inmediato. Miguel estará aquí esta tarde y con seguridad nos insultará vergonzosamente. Vamos, pues, a derribarlo de su caballo y, con un solo golpe de hacha, a darle