—¡Dios mío, en qué estaré pensando y qué estoy haciendo!
Cogió sus botas y salió corriendo con ellas al vestíbulo, se las puso allí, se cepilló la ropa y salió a la veranda, donde ambas mamás ya estaban tomando café.
Liza, por lo visto, lo había estado esperando y salió a la veranda por otra puerta al mismo tiempo.
“¡Dios mío! Si ella, que me considera tan honorable, puro e inocente... si tan solo lo supiera”, pensó él.
Liza, como de costumbre, salió a su encuentro con el rostro radiante. Pero hoy, por alguna razón, le pareció particularmente pálida, cetrina, alargada y débil.