«¿Es correcto dar rienda suelta a este sentimiento?» e inmediatamente me respondí que sí, que eso la asustaría, y en vez de reprimir mi furia, comencé de inmediato a avivarla aún más, y me alegré de que ardiera con mayor fiereza dentro de
—«¡Lárgate, o te mato!», le grité, acercándome a ella y agarrándola del brazo. Al decir esto, intensifiqué conscientemente la ira en mi voz. Y supongo que debí de resultar terrible, porque estaba tan asustada que ni siquiera tenía fuerzas para alejarse, y solo atinó a decir: «Vásya, ¿qué pasa? ¿Qué te sucede?».
—¡Largo! —rocé aún más fuerte—. ¡Nadie más que tú puede llevarme a la furia! ¡No respondo de mí mismo!
—Habiendo dado rienda suelta a mi ira, me deleité en ella y deseaba hacer algo aún más inusitado para mostrar el grado extremo de mi enojo. Sentía un deseo terrible de golpearla, de matarla, pero sabía que eso no serviría, y así, para dar salida a mi furia, agarré un pisapapeles de mi mesa, gritando de nuevo «¡Vete!», y lo arrojé al suelo cerca de ella. Apunté con muchísima precisión para que pasara a su lado. Entonces ella salió de la habitación, pero se detuvo en el umbral, e inmediatamente, mientras ella aún lo veía (lo hice para que lo viera), comencé a arrebatar cosas de la mesa —candelabros y tintero— y a arrojarlas al suelo gritando todavía: «¡Vete! ¡Largo! ¡No respondo de mí!». Ella se marchó, y yo me detuve de inmediato.
Una hora más tarde, la enfermera vino a decirme que mi mujer estaba histérica. Fui con ella; sollozaba, reía, no podía hablar y todo su cuerpo estaba convulso. No estaba fingiendo, sino que estaba realmente enferma.
Hacia la madrugada se calmó, y hicimos las paces bajo la influencia del sentimiento que llamábamos amor.