La mujer, habiendo empezado a hablar, les contó toda la historia.
“Hace unos seis años que murieron sus padres, ambos en una misma semana: a su padre lo enterraron el martes y su madre murió el viernes.
Estos huérfanos nacieron tres días después de la muerte de su padre, y su madre no vivió ni un día más. Mi marido y yo vivíamos entonces como campesinos en la aldea. Éramos vecinos suyos, y nuestro corral lindaba con el de ellos.
Su padre era un hombre solitario; un leñador del bosque. Un día, al derribar árboles, dejaron que uno le cayera encima. Le cayó atravesado sobre el cuerpo y le destrozó las entrañas. Apenas pudieron llevarlo a casa antes de que su alma se fuera con Dios; y esa misma semana su mujer dio a luz a dos gemelas: estas niñas.
Era pobre y estaba sola; no tenía a nadie, ni joven ni anciana, con ella. Sola les dio la vida y sola encontró la muerte”.
“A la mañana siguiente fui a verla, pero cuando entré en la choza, ella, pobrecita, ya estaba rígida y fría. Al morir se había girado sobre esta niña y le había aplastado la pierna. La gente del pueblo vino a la choza, lavó el cuerpo, la arregló, hizo un ataúd y la enterró. Eran buena gente. Las bebés se quedaron solas. ¿Qué se iba a hacer con ellas? Yo era la única mujer allí que tenía un bebé en ese momento. Amamantaba a mi primogénito, de ocho semanas. Así que las tomé por un tiempo. Los campesinos se reunieron, y pensaron y pensaron qué hacer con ellas; y al fin me dijeron: «Por ahora, Mary, será mejor que te quedes con las niñas, y más adelante ya veremos qué hacemos por ellas».