el oficial, Nicolás Pávlovich no le dijo nada a Kasátsky, pero cuando este se acercó, lo espantó teatralmente, frunció el ceño, le amenazó con el dedo, y más tarde, al marcharse, dijo: «Recuerda que lo sé todo. Hay cosas que preferiría no saber, pero se quedan aquí», y se señaló el corazón.
Cuando al salir de la Escuela Militar los cadetes fueron recibidos por el Emperador, este no volvió a referirse a la ofensa de Kasátsky, sino que les dijo a todos, según su costumbre, que debían servirle a él y a la patria con lealtad, que él siempre sería su mejor amigo y que, de ser necesario, podían dirigirse a él directamente. Todos los cadetes se conmovieron enormemente como de costumbre, y Kasátsky incluso derramó lágrimas, recordando el pasado, y juró que serviría a su amado zar con toda el alma.
Cuando Kasátsky asumió su cargo, su madre se mudó con su hija primero a Moscú y luego a su finca campestre.
Kasátsky dio la mitad de su hacienda a su hermana y se quedó solo con lo suficiente para mantenerse en el costoso regimiento al que se había unido.
A primera vista no era más que un brillante y corriente oficial de la Guardia que se abría camino en su carrera; pero en su interior bullían afanes intensos y complejos. Desde su más tierna infancia sus esfuerzos habían parecido muy variados, pero en esencia eran todos uno y el mismo. En todo lo que emprendía trataba de alcanzar tal éxito y perfección que lograra despertar alabanzas y asombro. Ya se tratara de sus estudios o de sus ejercicios militares, los emprendía y trabajaba en ellos hasta que lo alababan y lo ponían como ejemplo para los demás. Al dominar una materia se ocupaba de otra, y obtenía el primer puesto en sus estudios.