El ahijado siguió su camino, y mientras caminaba pensaba:
“¿Cómo he de destruir el mal en el mundo? El mal se destruye desterrando a los malvados, manteniéndolos en prisión o condenándolos a muerte. ¿Cómo he de destruir entonces el mal sin cargar con los pecados de los demás sobre mí mismo?”
El ahijado lo pensó durante mucho tiempo, pero no pudo llegar a ninguna conclusión.
Siguió su camino hasta llegar a un campo donde el maíz crecía espeso y hermoso, listo para los segadores. El ahijado vio que un pequeño ternero se había metido entre el maíz. Unos hombres que estaban cerca lo vieron y, montando a caballo, lo persiguieron de un lado a otro entre el maíz.
Cada vez que el ternero estaba a punto de salir del maíz, alguien se acercaba a caballo, el ternero se asustaba y volvía a dar la vuelta, y todos lo perseguían al galope, pisoteando el maíz.
En el camino había una mujer llorando.
—Perseguirán a mi ternero hasta matarlo —dijo ella.
Y el ahijado dijo a los campesinos:
—¿Qué están haciendo? Salgan del maizal, todos ustedes, y dejen que la mujer llame a su ternero.
Los hombres lo hicieron; y la mujer llegó hasta el borde del maizal y llamó al ternero. > «Ven acá, Morenito, ven acá», dijo