—Tú quédate callado, viejo, y tú también saldrás de aquí. Si abres la boca, me darán una paliza de muerte, pero antes te mataré a ti.
Aksyónof temblaba de ira al mirar a su enemigo. Retiró la mano y dijo: «No tengo ningún deseo de escapar, y tú no tienes necesidad de matarme; ¡tú me mataste hace mucho tiempo! En cuanto a hablar de ti, lo haré o no, según Dios disponga».
Al día siguiente, cuando sacaron a los convictos a trabajar, los soldados de la escolta notaron que uno u otro de los presos vaciaba un poco de tierra de sus botas. Se registró la prisión y se encontró el túnel. El gobernador vino e interrogó a todos los prisioneros para averiguar quién había cavado el hoyo. Todos negaron saber nada al respecto. Los que sabían no querían traicionar a Makár Semyónitch, sabiendo que lo azotarían casi hasta la muerte. Por fin, el gobernador se dirigió a Aksyónof, a quien sabía que era un hombre justo, y le dijo:
—Eres un viejo veraz; dime, ante Dios, ¿quién cavó el hoyo?
Makár Semyónitch se quedó como si nada le importara, mirando al Gobernador y sin siquiera echar un vistazo a Aksyónof. Los labios y las manos de Aksyónof temblaban, y durante mucho tiempo no pudo articular palabra.
Pensó: «¿Por qué he de encubrir al que arruinó mi vida? Que pague por lo que he sufrido. Pero si lo digo, probablemente lo mamporreen hasta matarlo, y tal vez lo sospeche injustamente. Y, al fin y al cabo, ¿de qué me serviría?».