rápidamente en la nación que cierto tabernero escribía, imprimía y recitaba de memoria en todas partes y en todas las ocasiones unos discursos tan enérgicos que los guardianes de la paz tuvieron que adoptar medidas represivas contra la elocuencia del tabernero; cuando en el mismísimo Club Inglés se destinaba una sala especial para la discusión de asuntos públicos; cuando surgían publicaciones periódicas bajo las más diversas banderas: publicaciones periódicas que desarrollaban principios europeos sobre una base europea, pero con una concepción del mundo rusa, y publicaciones periódicas sobre una base exclusivamente rusa, pero con una concepción del mundo europea; cuando de repente aparecieron tantas publicaciones periódicas que todos los nombres parecían agotados: El Mensajero, La Palabra, El Orador, El Observador, La Estrella, El Águila y muchos más, y, a pesar de ello, aparecían incesantemente nuevos nombres; aquel tiempo en que hizo su aparición la constelación de escritores filosóficos para demostrar que la ciencia era nacional, y no nacional, y antinacional, y demás, y la constelación de escritores artísticos, que describían una arboleda, el amanecer, una tormenta, el amor de una doncella rusa, la indolencia de cierto funcionario y la mala conducta de muchos funcionarios; aquel tiempo en que por todas partes surgían cuestiones (como llamaban en el año 56 a cualquier conjunto de circunstancias de las que nadie podía sacar ningún sentido): cuestiones sobre los cuerpos de cadetes, las universidades, la censura, el juicio oral, las finanzas, la banca, la policía, la emancipación y muchas más; todo el mundo intentaba descubrir nuevas y más cuestiones, todo el mundo intentaba resolverlas, escribía, leía, hablaba, hacía proyectos, quería enmendarlo todo, destruirlo, cambiarlo, y todos los rusos, como un solo hombre, se hallaban en un éxtasis indescriptible.
Ese es un estado de cosas que se ha repetido dos veces en la Rusia del siglo diecinueve: la primera, cuando en el año 12 rechazamos a Napoleón I, y la segunda, cuando en el año 56 fuimos rechazados por Napoleón III. ¡Época grande e inolvidable de la regeneración del pueblo ruso! A la manera del francés que dijo que no ha vivido quien no ha vivido la gran