—¡Ah, sí! A partir de ahí las cosas fueron de mal en peor, y hubo toda clase de desviaciones. ¡Oh, Dios! ¡Cuando recuerdo las abominaciones que cometí a este respecto me sobrecoge el horror! Y eso es verdad en mi caso, a quien mis compañeros, según recuerdo, ridiculizaban por mi supuesta inocencia. Y cuando uno oye hablar de la «juventud dorada», de los oficiales, de los parisinos… ¡Y cuando todos estos caballeros, y yo —que llevamos sobre nuestras almas cientos de los más variados y horribles crímenes contra las mujeres—, cuando nosotros, libertinos de treinta años, muy cuidadosamente lavados, afeitados, perfumados, con ropa blanca limpia y en traje de noche o de uniforme, entramos en un salón o en un baile, somos emblemas de pureza, ¡encantadores!
“¡Pensad solo en lo que debería ser y en lo que es! Cuando en sociedad semejante caballero se acerca a mi hermana o a mi hija, yo, que conozco su vida, debería acercarme a él, llevarlo aparte y decirle en voz baja: «Querido amigo, conozco la vida que llevas, y cómo y con quién pasas las noches. Este no es tu lugar. Aquí hay muchachas puras e inocentes. ¡Largo!». Eso es lo que debería ser; pero lo que ocurre es que, cuando ese caballero viene y baila, abrazando a nuestra hermana o a nuestra hija, nos alegramos muchísimo, si es rico y tiene buenas influencias. ¡Quizás después de Rigulboche le haga el honor a mi hija! Aunque queden rastros de enfermedad, ¡no importa! Hoy en día son muy hábiles curando eso. Oh, sí, conozco a varias muchachas de la mejor sociedad a quienes sus padres entregaron con entusiasmo en matrimonio a hombres que padecían cierta enfermedad. ¡Oh, oh… qué abominación! ¡Pero llegará un tiempo en que esta abominación y esta falsedad serán expuestas!”.
Hizo su extraño ruido varias veces y volvió a beber té. Estaba temiblemente cargado y no había agua con la que diluirlo. Sentía que estaba muy excitado por los dos vasos que me había tomado.