Érase una vez, en la Gobernación de Ufá, un baskir llamado Ilyás. Su padre, que murió un año después de haberle encontrado esposa a su hijo, no le había dejado muchos bienes.
Por entonces, Ilyás solo tenía siete yeguas, dos vacas y una veintena de ovejas. No obstante, era un buen administrador y pronto comenzó a acumular más. Él y su mujer trabajaban de la mañana a la noche; se levantaban antes que los demás y se acostaban más tarde; y sus posesiones aumentaron año tras año.
Viviendo de este modo, Ilyás fue adquiriendo poco a poco una gran riqueza. Al cabo de treinta y cinco años tenía 200 caballos, 150 cabezas de ganado y 1.200 ovejas. Peones contratados cuidaban de sus rebaños y manadas, y mujeres contratadas ordeñaban sus yeguas y vacas, y hacían kéfir, mantequilla y queso.
Ilyás tenía abundancia de todo, y todos en la comarca le envidiaban. Decían de él:
«Ilyás es un hombre afortunado: lo tiene todo en abundancia. Este mundo debe de ser un lugar agradable para él».
Personas principales oyeron hablar de Ilyás y buscaron su amistad. Visitantes venían a él desde lejos; y él recibía a todos, y les daba comida y bebida.
Viniera quien viniera, siempre había kumis, té, sorbete y cordero que servirles. Siempre que llegaban visitantes se mataba una oveja, o a veces dos; y si venían muchos invitados, incluso sacrificaba una yegua para ellos.